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Formación

Mi acercamiento con el arte es vivencial, con la observación cotidiana del trabajo de mi padre; el artista plástico Luis Morales Echeverría, de él aprendí las posibilidades lúdicas con la línea y el color en una composición en la cual se plasma con libertad y subjetividad la interpretación del mundo que nos rodea.

Mi primera participación en una muestra fue en el año 1982. De allí en adelante he expuesto colectivamente y de manera individual, tanto en el país como el exterior, además he participado en salones nacionales obteniendo una mención de honor en el salón “Luis A. Martinez” en la ciudad de Ambato en el año 1989, además en el año 1999 en el “Primer concurso de pintura del Valle de los Chillos” realizada en los salones de la Cancillería he obteniendo la primera mención de Honor, además tengo publicaciones en revistas y consto en el “ Diccionario de Artistas Plásticos del Ecuador” año 2007.

Mi Obra

Por mi escuela, el paisaje ha sido y es mi principal inspiración, en una primera e importante etapa de mi carrera trabajé fragmentos de lo urbano donde: patios, portones, zaguanes y balcones han sido elementos que me permiten reflejar las huellas que dejan en los objetos tanto el hombre como el tiempo, que al abrigo del sol en su cotidianidad dejan historias anónimas que intento narrar.

Otra temática recurrente en mi obra ha sido el bosque nublado, con su fascinante misterio y evocador de vida que debemos rescatar y respetar, esta recreación me ha llevado recientemente a obras de un expresionismo naturalista donde el juego de línea, luz y color armonizan elementos de flora y fauna que conviven dinámicamente en la composición.

 

 

 

 

Jorge Morales Larrea.

COMENTARIOS DE LA OBRA

Quienes no vean en estos cuadros algún instante de su ayer, a quienes no les invada una mezcla agridulce de recuerdo y añoranza, deben sufrir amnesia o deben ser egoístas contumaces o ciegos de espíritu; quienes no quieran sentir la mansedumbre gratuita del sol, llegando a todos los rincones e inundando todos los patios y todas las barandas y todos los tejados y todas las puertas y a todos los seres que habitan dentro, o viven de la amargura, o jamás tuvieron o dieron una caricia...

Que los huérfanos de amor y los amargados sin remedio, nos dejen ser felices robando un retacito del sol a uno de los cuadros de Jorge Morales.

 

Patricio Romero y Cordero P.

 

 

 

A veces no se entiende como un pincel silencioso puede engendrar tantos efectos armoniosos de color y dibujo. A veces tampoco se entiende como un joven artista puede mostrarnos su madurez técnica con autenticidad y compartir así con el espectador las conquistas de su visión. Leamos el trabajo de Jorge Morales en su composición sobria, en la que la economía de líneas da personalidad a su obra, sus matices y tonos suaves en donde la estridencia no tiene cabida pues sus cuidados grises lo impiden, lo que no impiden es que la luz haya sido atrapada, delatada por el contraste de sus sombras que es donde el maestro imprime su impronta inconfundible. Su dibujo impecable, razonado, medido y limpio complementan junto con su poética de nostalgias del pasado la emoción estética de su producción, éste producto artístico se defiende solo, al hacernos notar su particular idea y su singular modo de formar que se ha convertido en un procedimiento mesurado, claro y seguro mucho más amplio que el tema formado, se advierte un diseño plenamente razonado y en el que también paso a paso hace un ejercicio práctico del arte, apartándose deliberadamente de toda contaminación esnobista que engendran desconfianza y reserva. Su obra con respecto a su ejecución se somete a ella misma y por eso resulta y se hace trascendente, saca provecho al mismo tiempo de sus experiencias vividas, conoce el problema concreto y las posibilidades del material con el que se enfrenta y que tiene que organizarlo para convertirlas en obra.

 

El óleo en éste caso, como materia, acaso como obstáculo en el que se ejercita la actividad creadora es el medio preferido de Jorge Morales, y ésta materia se rinde a su espátula y en su pincel con los que consigue un conjunto de sugestiones que el mundo físico le propone al artista, luego de intentos, de exigencia intrínseca de proceder a través de propuestas y esbozos como de pacientes interrogaciones de la materia, presiente la solución, la intuición de la forma. Una vez realizada, autónoma y armónica en todas sus partes, la obra se plantea como modelo realizado, así el autor nos ofrece páginas válidas acerca de la coherencia interior de la obra. La obra así se nos da como narración definida de lo que fue su hacerse.

 

Wilfrido Martínez.

 

 

 

La primera vez que vi cuadros de Jorge fue hace ya meses. No eran muchos, seis a lo sumo, pero me impactó su temática: vetustas fachadas de casitas consumidas por el tiempo; viejos portones desvencijados, en difícil equilibrio; ventanas tuertas y balcones apolillados rezumando soledad  y silencio...

Y me quedé profundamente impresionado, más bien conmovido, ante aquel mensaje que, entonces, me pareció un “rescate” para la memoria visual de las futuras generaciones.

De aquellos cuadros no le quedan ninguno . Un coleccionista de ojo zahorí, se los arrancó de las manos. Ahora, según tengo entendido, los muestra como un preciado tesoro.

 

Aunque algo cambia, la temática está en la línea de los anteriores...pero ahora son “puertas” y “zaguanes”. Puertas cerradas en su azul hermetismo; puertas entreabiertas balbuceando ¿qué!?.Zaguanes vacíos , penumbrosos y solitarios, pero llenos de una vida que va más allá de una presencia física. Zaguanes con “duende”, con alma intangible pero presente, rezumando quietud, misterio y una especie de melancolía difícil de precisar.

Zaguanes largos y profundos, campos yermos donde germinan las penumbras y sol estalla, al fondo, contra una pared bañada de blancuras restallantes.

 

Patios interiores, galerías abalaustradas, esbeltas columnas pétreas aguantando el maderamen... y uno, absorto ante ellos, deseoso de que una vieja aparezca barriendo el piso... de que una pelota juguetona cruce el umbral dando botes... de que un pájaro despistado se pose en el barandal... Y nada sucede! . Todo es quietud, silencio, vacío y misterio; nostalgia y opresión; difusa luz batallando en la penumbra...Decididamente, en estos cuadros, Jorge, no pinta lo que realmente estamos viendo: la puerta, el balcón, el patio, la ventana... Para mi que pinta todo ese mundo de sugerencias y encontrados sentimientos que nos  suben del alma.

 

Pintura esencialmente lírica y poética y hasta con aire metafísico. Relacionando elementos y rincones arquitectónicos , pinta la desolación , bestialmente inhumana, pero llena de presentimientos, de fantasmas, de sospechas, de fantasías invisibles, y de un silencio religioso colmado de misterio.

Más allá de toda lógica, crea un mundo de apariencias mágicas e inquietantes, y despierta  sensaciones y estados anímicos que nada tienen que ver con la realidad.

 

Sus cuadros sugieren la poesía de la inmovilidad y de las casas desiertas.

Luz y sombras, permanentes y rígidas, golpean sin cesar los muros que las abrazan, lisos, sin  adornos accesorios.

Técnica perfectísima, intencionadamente convencional: dibujo preciso, casi “hiperrealista” , con el que obtiene una extraña objetividad fotográfica; pincelada plana y lamida, con apenas leves restregados; y las tonalidades frías, tenues grises y matizados azules, le ayudan a conseguir esas arquitecturas hieráticas, ideales y misteriosas, de  estricta geometría.

Así lo veo y siento, y lo digo, sin ambages. Jorge Morales pinta su realidad, la “que lleva adentro” , como lo dijo Cortázar: “La realidad sólo existe dentro de uno mismo”. Pintura eminentemente poética; para verla y gustarla; para contemplarla en un silencio henchido de emoción.

 

Jesús Manuel Velasco

f.s.c.

BIOGRAFÍA